EN BUSCA DE LA ILUSIÓN “PERDIDA” DE LA NAVIDAD

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“La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más”

Hace tiempo leí un cuento presentado en el concurso de cuentos de Alhaurín de la Torre: “En busca de la ilusión de la Navidad”. Que podría llamarse, más bien, “En busca de la ilusión perdida de la Navidad”. Yo también, como los demás comentaristas, felicito a la autora, por su exquisita sensibilidad, por su arte de llegar al corazón y conmover todas sus fibras. Y esto lo consigue, si no me equivoco, porque lo que narra es real. Y lo real supera, en emoción, a la fantasía. Todos, sobre todo, los mayores, nos hemos visto retratados en ese relato.
Pero, a raíz de ese magnífico cuento-real y del clásico villancico con el que comienza este artículo, yo quiero poner una gota de esperanza, de alivio a la melancólica tristeza con que nos puede amargar la Navidad y hasta toda nuestra vida, y privarnos de esa alegría que nuestro corazón, nuestro espíritu, necesitan para justificar y dar sentido a nuestro paso por el mundo. Una tristeza absoluta y definitiva no es humana.
Y como la Navidad y su celebración tienen, de suyo, un significado y contenido religiosos, aunque haya quienes la convierten en un puro folklore y una fiesta más, mundana, hay que recurrir a lo que la fe, ayudada de la razón y de la historia, aportan a esa esperanza y alegría que suaviza la tristeza, aunque no la suprima del todo, lo suficiente para seguir viviendo sin desesperarnos.
Porque hay cristianos a los que ya la Navidad no les gusta; les produce una gran tristeza principalmente por el recuerdo de los seres queridos que ya no están; y las imágenes de las Navidades vividas con ellos aumentan su tristeza. Es lo que magistralmente describe la autora del cuento.
Si Jesucristo no fuera Dios, yo, quizás, sería ateo. Porque un Dios, por muy todopoderoso que sea, vive eternamente feliz en su cielo, mientras yo, aquí en la tierra, sufro hasta mi muerte, con dolores, enfermedades, luchando por mis hijos, y viendo la miseria, el hambre y la maldad que nos rodea, ese Dios ni me gusta ni creo en él.
Pero si a mí me dicen y me demuestran, históricamente, al menos, que existió Jesucristo, y que hay una creencia de siglos de inmensa cantidad y calidad de creyentes en que es Dios que nace hombre, exactamente igual que yo, niño pobre, joven trabajador, hombre que pasa hambre, sed, llora, sufre, ama a todos, a los pobres, abraza a los niños, cura a los enfermos y se compadece de las muchedumbres hambrientas, y les da a todos de comer; llora la muerte de un querido amigo, come y bebe con pecadores y los trae al buen camino; y, además, resucita muertos prometiendo vida eterna feliz con un Dios que dice su Padre y Padre nuestro. Y que lo crucifican por envidia, perdonando a sus verdugos, prometiendo, increíblemente, el paraíso a un bandido que, crucificado con él, le pide se acuerde de él cuando llegue a su reino. Y, lo más delirante, que resucita ya inmortal, como prueba de nuestra resurrección. Diciendo que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Dios todos viven, Y se queda en un poco de pan y vino dando el poder de convertirlo y perdonar los pecados a unos pobres hombres, a través de los siglos. Un Dios así, por mucha locura que parezca, me gusta, lo acepto; me arriesgo a creer en él.
Porque es una maravillosa locura, una utopía digna de creerse. Para los tristes de la Navidad, para el imposible retorno de la infancia feliz junto a los padres y abuelos nos dice esta locura,( más cuerda que la loca cordura del mundo descreído que nos ofrece la nada, la máxima tristeza), nos dice que nuestros seres amados que murieron, no están muertos; que para Dios todos viven. Y también para nosotros. La inevitable tristeza de la separación y el recuerdo melancólico debe superarse, sublimarse con esta fe que no engaña, que no se burla de nuestros sentimientos.
Si la autora del cuento, y todos los que, como ella, buscan la felicidad de la Navidad con esta certeza, con esta nueva ilusión, la encontrarán y su tristeza se convertirá en verdadera alegría.
Parecía destilar el villancico la misma tristeza dulce y sin consuelo del cuento; “…..y nosotros no volveremos más”. Pero la sabiduría popular, con su fe sencilla y sentido común, prorrumpe y termina con el estribillo:
“¡Resuenen con alegría
los cánticos de mi tierra,
y viva el Niño-Dios
que ha nacido en Nochebuena!”