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¿Es la Biblia la palabra de Dios o la palabra de la Iglesia?

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Las Iglesias se esfuerzan en convencer a sus fieles de que la Biblia es la palabra absoluta de Dios, lo que no es así de forma categórica. Hoy se sabe que los escritos fueron falsificados desde el principio, con intención o inconscientemente, por ignorancia o por descuido. De hecho cuando san Jerónimo, que fue el compilador de la Biblia, recibió alrededor del año 370 la tarea del Papa Dámaso de traducir al latín los textos de los evangelios existentes y de ordenarlos en una gran obra, sufrió una gran desesperación, pues ni siquiera existían dos textos que, en todo su contenido, fueran semejantes.

La variedad de los textos era ya en el siglo cuarto tan grande, que el Papa Dámaso I encargó al monje Jerónimo que hiciera una compilación de textos bíblicos obligados. Jerónimo halló ya en aquel tiempo tantas versiones diferentes en los textos que sintió que se le exigía demasiado. Desesperado, escribió a su mandatario lo siguiente: “Me obliga a hacer una obra nueva de una vieja, en cierto modo a hacer las veces de árbitro entre ejemplares bíblicos, después de que éstos hayan sido difundidos por todo el mundo, y a decidir dónde difieren unos de otros y cuáles de las variantes coinciden con el texto griego auténtico… ¿Podrá encontrarse siquiera uno, ya sea letrado o iletrado, que en cuanto tome este volumen en sus manos y compruebe que lo que aquí lee no coincide en todo con el gusto de lo que él acogió una vez en sí, que no me califique a voz en grito de falsificador y sacrílego, porque tuve la osadía de añadir, cambiar o mejorar algunas cosas en los libros antiguos?”. Jerónimo no obstante “controló su pluma”, escribe él, sin embargo cambió Las Escrituras en 3500 partes.

Hoy se sabe que los redactores de los evangelios son desconocidos. Sus textos no están redactados por personas que con sus ojos y oídos fueran testigos de la vida de Jesús, con excepción tal vez del evangelio de Juan. La combinación de sus informes en el Nuevo Testamento se produjo en siglos posteriores y bajo vehementes enfrentamientos acerca de lo que había de formar parte del canon de los “escritos sagrados” y lo que no. El Apocalipsis de Juan halló al final cabida, pero otros escritos pasaron inadvertidos, como por ejemplo el denominado evangelio de Tomás. Por lo tanto nadie puede afirmar que los denominados evangelios apócrifos estén menos inspirados, ni tampoco que los textos del canon tengan más contenido de verdad.

Cierto es que en el tiempo transcurrido desde entonces la mayoría de los teólogos se han puesto de acuerdo en un texto griego unificado; pero ¿qué le precedió? Decenios de cambios de importancia capital en los escritos y en la transmisión oral. De esta forma el científico Herbert Braun, un conocido y prestigioso investigador en materia del Nuevo Testamento llega al siguiente resultado: sólo el 20% aproximadamente de las palabras de Jesús en la Biblia son autenticas. Una de las investigaciones más minuciosas de los últimos tiempos, llega a la siguiente constatación: “Si hoy día leemos el Nuevo Testamento, tenemos en las manos una compilación de libros que autorizaron e impusieron algunos obispos cristianos de dos concilios que se celebraron más de 300 años después de la muerte de Jesús”.

Esto también lo sabía el padre de la Iglesia católica San Agustín, cuando explicó que él no podía confiar en la Biblia a causa de sus numerosos errores, si la Iglesia no le diera la garantía por ella. Con esto la Biblia ya no se muestra como la palabra de Dios que nos trajo Jesús de Nazaret, sino más bien como la palabra de la Iglesia. Tal como hemos podido leer la palabra de la Biblia no es la palabra de Dios, pero Dios no abandona a Sus hijos. El nuevamente tiende Su mano y regala a la humanidad de este tiempo una gran Obra manifestada: El libro Esta es Mi Palabra, alfa y Omega, una obra que sobrepasa en mucho el contenido de la Biblia, y donde la verdad se pone al descubierto en una claridad como nunca la hubo.

Vida Universal
www.vida-universa.org

1 COMENTARIO

  1. “…Se puede amar la verdad poseyendo creencias inexactas. Pero el hombre que se adhiere a las mentiras corrientes sin creer en ellas, es inmoral; no lo es menos el que sospecha que sus creencias son falsas, pero se niega a investigarlo, prefiriendo medrar del error a sufrir por la verdad.”

    José Ingenieros, Las Fuerzas Morales, Buenos Aires 1925.

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