Nuestro pequeño nuevo mundo

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Desde niña siento que vivo en un mundo que no es el mío. Porque no me identifico con muchos de los principios que me han querido inculcar. Son muchas las personas que sienten igual. Me encantó leer un día “El Principito”, de Antoine de Saint Exupéry. Me vi reflejada en ese niño que observa nuestras costumbres sin comprender por qué nos comportamos los seres humanos de una forma tan absurda.

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La educación es la grabación en la mente de una serie de normas para formar parte de una sociedad cruel e injusta. Aprendemos a vivir con ellas y a transmitirlas.
He vivido todos los años que tengo tratando de ser lo más feliz posible, aceptando algunas de esas reglas, porque no tenía otra opción y rechazando las que me resultaban inaceptables. Reconozco que soy una inadaptada y que no he conseguido muchos éxitos, si por éxito se entiende conseguir una posición social y económica cómoda y sin preocupaciones.
Cada vez se hace más difícil y cada vez más personas se van quedando atrás, agotadas, derrotadas, sin energía para seguir participando en este juego cruel, en el que ganas o pierdes.
Luchar para cambiar las cosas se ha hecho siempre y se seguirá haciendo. Pero las cosas cambian poco.
¿Es utopía crear una nueva sociedad paralela, alternativa?
Un pequeño círculo que se vaya extendiendo, contagiando, sin prisas, al ritmo de las circunstancias. Abriéndose camino sin lucha violenta, con armas sutiles, poniendo en práctica principios muy poderosos: El Amor, el Respeto, la Solidaridad, el Apoyo Mutuo, la Colaboración, la Sensibilidad, la Cultura. Compartir conocimiento y enseñar lo que aprendes es la base para crear esta nueva sociedad.
Y por otra parte desaprender la competencia, el castigo, el miedo, el egoísmo y la vanidad, para permitir a los niños de nuevas generaciones crecer rodeados de los nuevos valores.
Independientemente de que consigamos cambiar las cosas, al menos crearemos nuestro pequeño nuevo mundo, que será tal y como nos lo propongamos.