La Vida Es Rosa, por Eugenia Carrión

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En mi única visita a París pasé la mayor parte del tiempo buscando una cabina. Aún no se prodigaban los móviles o, al menos, yo no tenía ninguno. Lo que sí tenía era una pequeña de seis meses que dejé en Málaga con los abuelos y unos remordimientos que me ardían amenazantes. La mañana que entré en el Louvre traté de autoconvencerme de que ella sobreviviría cuatro días sin mí y que yo disfrutaría de lo lindo en cada cuadro y hasta del arte egipcio del sótano. Pero no pasé de la cuarta sala. Delante de la Giocconda, una americana se llevó las manos a la cabeza y gritó varias veces: “¡My God!” Esta mujer no ha visto la sonrisa de mi pequeña Rosa ni su mirada triste, me dije. Cierto que las de mi hija no estaban en los libros de Historia pero a mí me parecían pintadas por Dios. Me volví sobre mis pasos y pregunté por un teléfono público. Por los gestos de un hombre que me señalaba la salida deduje que dentro no había ninguno. La calle estaba colapsada de coches con los parabrisas palpitando al ritmo de los claxons, de autobuses de turistas y de paraguas abiertos al cielo de París. Y caminé empapándome hasta que localicé uno junto al Sena. -Anoche, Rosa se cayó de la cama y se hizo un chichón pero no te preocupes que está bien, lloró un rato pero luego se le pasó – me dijo mi padre. Decidí regresar al hotel. Un músico ambulante protegido bajo un plástico gris tocaba La vie en rose en su acordeón. A lo lejos descubrí la estatua de la libertad, réplica pequeña de la de Estados Unidos, que miraba al horizonte como si buscara a su madre. Tantos años deseando pisar la cuna de la libertad y ahora que lo conseguía me sentí más esclava que nunca. Ningún grillete me pareció más ajustado y ninguna guillotina más certera que el deseo de estar junto al ser querido. Puse un franco en el platillo y esperé a que acabase la balada. Esa noche el hombre que era mi marido me despertó zarandeándome de una pesadilla, Rosa blandiendo un chupete se convertía en mármol. Me desmoroné y él se irritó: “¿Para esto hemos venido a París? Mañana nos vamos.”
Ahora que estoy separada y mi hija sonriente roza la mayoría de edad, anhelo el fin de esta crisis aunque solo sea para volver a surcar el Sena en un bateu mouche mientras siento que la vida es rosa bajo una nueva luna de París.gioconda

1 COMENTARIO

  1. A pesar de que las gafas con las que veo el mundo a veces parezcan descoloridas, continúo viendo la vida de color de rosa gracias a mis hijos. A todas las madres que como yo vivimos con el estímulo de tener unos hijos maravillosos y a todas las que los están buscando: FELICIDADES EN EL DÍA DE LAS MADRES.

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